En el taller trabajamos principalmente con modelado manual, utilizando las mismas pastas de gres que forman parte de mi producción. Algunos de los esmaltes que usamos son elaborados artesanalmente en el taller y otros son comerciales. Más allá de los materiales, hay una idea que atraviesa todo lo que hacemos: no buscamos producir por producir, sino crear piezas que tengan sentido para quien las hace.
Las clases transcurren dentro de un taller real, en pleno funcionamiento. Compartimos procesos, tiempos, tareas y también las esperas que la cerámica inevitablemente requiere. Muchas de esas esperas tienen motivos muy concretos. Por ejemplo, una pieza de gran tamaño puede permanecer semanas, e incluso meses, antes de ser horneada, hasta reunir otras piezas de dimensiones similares que permitan completar una carga de forma segura y eficiente. No se trata de una demora arbitraria, sino de una manera de cuidar las piezas, optimizar los recursos y respetar los tiempos que el material necesita.
Lo que más disfruto, más allá de ver las piezas terminadas, es acompañar el proceso de cada alumna. Ver cómo ganan confianza, cómo desarrollan paciencia con el material y con ellas mismas, cómo aprenden a disfrutar de lo que les resulta natural y también a convivir con aquello que les presenta un desafío.
Creo que gran parte de la belleza de las piezas nace justamente ahí: en comprender que hay cosas que no pueden apurarse. Y cuando finalmente salen del horno, siento que cada espera encontró su sentido y que todo ese tiempo valió la pena.
